Tengo un nuevo amigo. Se llama Miedo. Apareció el otro día sin más, se plantó ante mí, se presentó y me dijo que posiblemente se quedase durante una buena temporada advirtiéndome de que me iba a ser bastante complicado echarlo.
Por lo general no me molesta, a decir verdad. Puedo hacer mi vida, él se limita a ir detrás de mí muy pegadito para no perderme la pista. Pero hay momentos en los que Miedo se crece, se hace grande y yo tan sólo sé agacharme en una esquina y enterrar la cabeza entre piernas y brazos que pesan como plomo. En esos momentos en los que se te encoge el corazón, se te cierra el estómago y parece que tus pulmones se niegan a trabajar aparecen los recuerdos e intentan ayudarme, lo sé. Pero Miedo es bastante más fuerte que ellos y, para ser franca, que yo.
Creo que, en parte, la culpa es mía. He mantenido a raya a Miedo mucho tiempo y ahora viene con más fuerza que nunca. Fuerza que ha decidido unirse más a él que a mí. Miedo también me ha dicho que los recuerdos son sólo el espectro de cosas pasadas y que no tiene sentido que me refugié en ellos. Lo peor de todo esto es que, lamentablemente, creo que no le falta razón.